CIUDADANO DEL MUNDO
Citizen of the World
Sunday, 17 January 2021
Thursday, 14 January 2021
URFASCISMO. UMBERTO ECO
En 1942, a la
edad de diez años, gané el primer premio en los Ludi Juveniles (un concurso de
libre participación forzosa para jóvenes fascistas italianos - es decir, para
todos los jóvenes italianos). Había escrito con virtuosismo retórico sobre el
tema "¿Debemos morir por la gloria de Mussolini y por el destino inmortal
de Italia?". Mi respuesta había sido afirmativa. Era un chico listo.
Después, en 1943,
descubrí el significado de la palabra libertad. Contaré esa historia al final
del artículo. En aquel momento libertad aún no significaba liberación. Pasé dos
de mis primeros años entre SS, fascistas y partisanos que se disparaban, y
aprendí a evitar las balas. No estuvo mal como ejercicio.
En abril de 1945
los partisanos tomaron Milán. Dos días después llegaron a la pequeña ciudad
donde yo vivía. Fue un momento muy alegre. La plaza mayor estaba atestada de
gente que cantaba y agitaba banderas, invocando a grandes voces a Mimo, el jefe
partisano de la zona. Mimo, ex sargento de
carabinieri, se había unido a los de Badoglio y había perdido una pierna en
uno de los primeros enfrentamientos. Salió al balcón del ayuntamiento apoyado
en sus muletas, pálido; intentó calmar a la multitud con una mano. Yo estaba
allí esperando su discurso, en vista de que toda mi primera infancia había
estado marcada por los grandes discursos de Mussolini, cuyos pasajes más
significativos aprendíamos de memoria en la escuela. Silencio. Mimo habló con
voz ronca, casi ni se le oía. Dijo: "Ciudadanos, amigos. Tras tantos
dolorosos sacrificios... aquí nos tenéis... ¡Gloria a los caídos por la
libertad!" Fue todo. Y se metió dentro. La muchedumbre gritaba, los
partisanos alzaron sus armas y dispararon festivamente al aire. Los niños nos
abalanzamos a recoger los casquillos, valiosos objetos de colección, pero yo
había aprendido también que la libertad de expresión significa libertad de la
retórica.
Unos días después
vi a los primeros soldados americanos. Eran afroamericanos. El primer Yanqui al
que traté fue un negro, Joseph, quien me dio a conocer las maravillas de Dick
Tracy y Li´l Abner: sus tebeos eran de colores y olían muy bien.
Uno de los
oficiales (el mayor o capitán Muddy) se hospedaba en el chalet de la familia de
dos compañeras de escuela. Yo andaba como por mi casa por aquel jardín donde
algunas señoras hacían corro alrededor del capitán Muddy, hablando un francés
bastante detestable. El capitán Muddy había ido a la universidad, quizás tenía
un título, y sabía un poco de francés. Y así, mi primera imagen de los
libertadores americanos, tras tantos rostros pálidos con camisas negras, fue la
de un negro culto con un uniforme amarillo verdoso que decía: "Oui, merci beaucoup, Madame, moi aussi
j´aime le champagne". Desgraciadamente no había champán, pero recibí
del capitán Muddy mi primer chicle y empecé a mascarlo todo el día. De noche
metía la bolita en un vaso de agua para mantenerla fresca hasta el día
siguiente.
En mayo oímos
decir que la guerra había acabado. La paz me produjo una curiosa sensación. Me
habían dicho que la guerra permanente era la condición normal para un joven
italiano. En los meses siguientes descubrí que la Resistencia no era sólo un
fenómeno local, sino Europeo. Aprendí nuevas y excitantes palabras como réseau, maquis, armée secrète, Rote Kapelle,
gueto de Varsovia. Vi las primeras fotografías del Holocausto y comprendí
así su significado antes aún de conocer la palabra. Me di cuenta de qué nos
habían liberado.
Hoy en Italia
algunos se preguntan si la Resistencia tuvo un real impacto militar en el curso
de la guerra. Para mi generación la cuestión es irrelevante: comprendimos
inmediatamente el significado moral y psicológico de la Resistencia. Era un
motivo de orgullo saber que nosotros, los europeos, no habíamos esperado
pasivamente la liberación. Pienso que tampoco para los jóvenes americanos que
derramaban su tributo de sangre por nuestra libertad era irrelevante saber que
detrás de las líneas había europeos que estaban ya pagando su deuda. Hoy en
Italia hay quien dice que el mito de la Resistencia era una mentira comunista.
Es cierto que los comunistas explotaron la Resistencia como una propiedad
particular, dado que tuvieron en ella un papel primordial; pero yo recuerdo
partisanos con pañuelos de diversos colores. Pegado a la radio, me pasaba las
noches - con la ventana cerrada y las luces apagadas que convertían al
reducido espacio en torno al aparato en
el único halo luminoso- escuchando los mensajes que Radio Londres transmitía a
los partisanos. Eran a un tiempo oscuros y poéticos (El sol sigue saliendo, Las rosas florecerán) y en su mayoría y eran
"mensajes para la Franchi". Alguien me susurró que Franchi era el
jefe de uno de los más poderosos grupos clandestinos de la Italia del Norte, un
hombre de legendario valor. Franchi se convirtió en mi héroe. Franchi (cuyo
verdadero nombre era Edgardo Sogno) era monárquico, tan anticomunista que
después de la guerra se unió a grupos de extrema derecha y hasta fue acusado de
colaborar en un intento de golpe de Estado reaccionario. Pero, ¡eso que
importa! Sogno sigue siendo el Sueño de mi infancia. La Liberación no fue una
empresa común de distinto color.
Hoy en Italia hay
quien dice que la guerra de Liberación fue un período de división y que ahora
necesitamos una reconciliación nacional. El recuerdo de aquellos años terribles
debería ser reprimido, refoulée,
verdrängt. Pero la Verdrängung provoca
neurosis. Si reconciliación significa compasión y respeto hacia cuántos
combatieron de buena fe en la guerra, perdón no significa olvido. Puedo admitir
incluso que Eichmann creyera sinceramente en su misión, pero me siento incapaz
de decir "okey, vuelve a
hacerlo". Estamos aquí para recordar lo que ocurrió y para declarar
solemnemente que Ellos no deben volver a hacerlo. Pero ¿quiénes son Ellos?
Si pensamos aún
en los gobiernos totalitarios que dominaron Europa antes de la Segunda Guerra
Mundial podemos decir con toda tranquilidad que será difícil verlos retornar de
la misma forma en circunstancias históricas diversas. Si el fascismo de
Mussolini se basaba en la idea de un jefe carismático, en el corporativismo, en
la utopía del Destino Fatal de Roma, en una voluntad imperialista de conquistar
nuevas tierras, en un nacionalismo exacerbado, en el ideal de toda una nación
militarizada de camisas negras, en el rechazo de la democracia parlamentaria,
en el antisemitismo, entonces no hay dificultad en admitir que la Alianza
Nacional, nacida del MSI, es ciertamente un partido de derechas pero tiene poco
que ver con el viejo Fascismo. Por las mismas razones, y aunque me preocupe la
actuación de diversos movimientos filonazis aquí y allá en Europa, incluida
Rusia, no pienso que el nazismo, en su forma original, esté a punto de
reaparecer como movimiento que afecte a una nación entera.
No obstante,
aunque los regímenes políticos puedan ser derribados, y las ideologías
criticadas y deslegitimadas, tras un régimen y su ideología hay siempre un modo
de pensar y de sentir, una serie de hábitos culturales, una nebulosa de
instintos oscuros e insondables pulsiones. ¿Hay, pues, de nuevo otro fantasma
que recorre Europa (por no hablar de otras partes del mundo)?
Ionesco dijo una
vez que "sólo las palabras cuentan, el resto son chácharas". Los
hábitos lingüísticos constituyen a menudo importantes síntomas de
disentimientos inexpresados.
Permítanme, pues,
preguntar por qué no sólo la Resistencia sino toda la Segunda Guerra Mundial
han sido definidas en todo el mundo como una lucha contra el fascismo. Si
releen ustedes Por quien doblan las
campanas de Hemingway descubrirán que Robert Jordan identifica a sus
enemigos con los fascistas, aún cuando piensa en los Falangistas españoles.
Permítanme dar la
palabra a F. D. Roosevelt: “La victoria del pueblo americano y de sus aliados
será una victoria contra el fascismo y el callejón sin salida del despotismo
que éste representa" (23 de septiembre de 1944).
Durante los años
del maccarthismo a los americanos que tomaron parte en la guerra civil española
se les llamaba antifascistas prematuros,
dando a entender con ello que luchar contra Hitler en los años cuarenta era un
deber moral de todo buen americano, pero que luchar contra Franco demasiado pronto,
en los años treinta, olía a podrido… ¿Por qué los radicales americanos usaban
una expresión como Fascist Pig
incluso para indicar a un policía que no aprobaba sus preferencias a la hora de
fumar? ¿Por qué no decían cerdo
Cagoulard, cerdo Falangista, cerdo Ustachi, cerdo Quisling, cerdo Ante Pavelic
o cerdo Nazi?
Mein Kampf es el manifiesto completo de un programa
político. El nazismo tenía una teoría del racismo y del arianismo, una noción
concreta del entartete Kunst, el arte
corrupto, una filosofía de la voluntad de poder y del Übermensch. El nazismo era decididamente anticristiano y neopagano,
del mismo modo en que el Diamat (la versión oficial del marxismo soviético) de
Stalin era claramente materialista y ateo. Si por totalitarismo se entiende un
régimen que subordina todo acto individual al Estado y a su ideología, entonces
nazismo y estalinismo eran regímenes totalitarios.
El fascismo fue
ciertamente una dictadura, pero no era cumplidamente totalitario, no tanto por
su blandura cuanto por la endeblez filosófica de su ideología. Al contrario de
lo que suele pensarse, el Fascismo italiano carecía de filosofía propia. El
artículo sobre el fascismo firmado por Mussolini para la Enciclopedia Treccani lo escribió o lo inspiró fundamentalmente
Giovanni Gentile, pero reflejaba una noción tardohegeliana del Estado Ético y
Absoluto que Mussolini nunca realizó por entero. Mussolini no tenía ninguna
filosofía: tenía sólo una retórica. Empezó como ateo militante para después
firmar el concordato con la Iglesia y dar la bienvenida a los obispos que
bendecían los gallardetes fascistas. En sus primeros años anticlericales, según
una leyenda muy verosímil, pidió una vez a Dios que un rayo lo fulminara allí
mismo, para probar Su existencia. Dios estaba distraído, evidentemente. En años
posteriores, Mussolini citaba siempre en sus discursos el nombre de Dios y no
desdeñaba hacerse llamar el Hombre Providencial. Puede decirse que el fascismo
italiano fue la primera dictadura de derechas que dominó un país europeo y que
todos los movimientos análogos encontraron luego una especie de arquetipo común
en el régimen mussoliniano. El fascismo italiano fue el primero en crear una
liturgia militar, un folklore y hasta un modo de vestir –obteniendo en el
extranjero más éxitos que Armani, Benetton o Versace. Hasta los años treinta no
hicieron su aparición los movimientos fascistas en Inglaterra con Mosley, y en
Letonia, Estonia, Lituania, Polonia, Hungría, Rumania, Bulgaria, Grecia,
Yugoslavia, España, Portugal, Noruega y hasta en América del Sur, por no hablar
de Alemania. Fue el fascismo italiano el que convenció a muchos dirigentes
liberales europeos de que un nuevo régimen estaba llevando a cabo interesantes
reformas sociales capaces de suministrar una alternativa moderadamente
revolucionaria a la amenaza comunista. No obstante, la prioridad histórica no
me parece razón suficiente para explicar porqué la palabra Fascismo se convirtió en una sinécdoque, una denominación pars pro toto para movimientos
totalitarios diferentes. No vale responder que el fascismo encerraba en sí
todos los elementos de los totalitarismos posteriores en estado quintaesencial,
por así decirlo. Muy por el contrario, el fascismo no poseía ninguna
quintaesencia, y ni siquiera una esencia particular. El fascismo era un
totalitarismo fuzzy.
El fascismo no
era una ideología monolítica, sino más bien un collage de diversas ideas
políticas y filosóficas, un cúmulo de contradicciones. ¿Cabe acaso concebir un
movimiento totalitario que consiga unir monarquía y revolución, Ejército Real y
la milicia personal de Mussolini, los privilegios concedidos a la Iglesia y una
educación estatal que ensalzaba la violencia, el control estatal absoluto y el
libre mercado? El partido fascista había nacido proclamando su nuevo orden
revolucionario, pero estaba financiado por los terratenientes más conservadores
que se esperaban una contrarrevolución; el fascismo de los inicios era
republicano y sobrevivió veinte años proclamando su lealtad a la Familia Real,
permitiendo a un Duce (el indudable Líder Máximo) arrastrar del brazo a un Rey
al que brindó también el título de Emperador. Pero cuando en 1943 el Rey
despidió a Mussolini, el partido reapareció dos meses después, con ayuda de los
alemanes, bajo la bandera de una república “Social”, reciclando su vieja
partitura revolucionaria enriquecida con acentos casi jacobinos.
Hubo una sola
arquitectura y un solo arte nazis. Si el arquitecto nazi era Albert Speer, no
había sitio para Mies van der Rohe. Del mismo modo, bajo Stalin, si Lamarck
tenía razón no había sitio para Darwin. Por el contrario, hubo ciertamente
arquitectos fascistas, pero al lado de sus pseudocoliseos surgieron asimismo
edificios inspirados en el moderno racionalismo de Gropius.
No hubo un Zdanov
fascista, pero en Italia hubo dos importantes premios artísticos: el Premio
Cremona, controlado por un fascista inculto y fanático como Farinacci, que
impulsaba un arte propagandístico (me acuerdo de un Escuchando en la radio un discurso del Duce, o Estados mentales creados por el Fascismo); y el Premio Bérgamo,
patrocinado por un fascista culto y razonablemente tolerante como Bottai, que
protegía el arte por el arte y los nuevos experimentos del arte de vanguardia
proscritos en Alemania como corruptos y criptocomunistas, contrarios al kitsch nibelungo, el único admitido. El
poeta nacional era D´Annunzio, un dandy que en Alemania o en Rusia hubiera
acabado ante un pelotón de fusilamiento. Fue ascendido al rango de Vate del
régimen por su nacionalismo y su culto al heroísmo –con el añadido de fuertes
dosis de Decadentismo francés.
Tomemos el
Futurismo. Habría debido ser considerado un ejemplo de entartete Kunst, al igual que el expresionismo, el cubismo y el
surrealismo. Pero los primeros Futuristas italianos eran nacionalistas,
defendieron por razones estéticas la participación italiana en la primera
guerra mundial, ensalzaron la velocidad, la violencia, el riesgo, y en cierto
modo estos aspectos parecieron cercanos al culto fascista de la juventud.
Cuando el fascismo se identificó con el Imperio Romano y redescubrió las
tradiciones rurales, Marinetti (que proclamaba que un automóvil era más bello
que la Victoria de Samotracia y hasta quería matar al claro de luna), fue
elegido miembro de la Academia de Italia, que trataba al claro de luna con gran
respeto.
Muchos de los
futuros partisanos, y de los futuros intelectuales del Partido Comunista,
fueron educados por el GUF, la asociación fascista de los estudiantes
universitarios, que debía ser la cuna de la nueva cultura fascista. Estos
clubes se convirtieron en una especie de gran crisol intelectual en el cual las
nuevas ideas circulaban sin el menor control ideológico real, no tanto porque
los hombres del partido fuesen tolerantes cuanto porque pocos de entre ellos
poseían los instrumentos culturales para controlarlos.
En el curso de
aquel ventenio, la poesía de los Herméticos representó una reacción contra el
estilo pomposo del régimen; a estos poetas se les permitió elaborar una
protesta literaria desde el interior de las torres de marfil. El sentir del
Hermetismo era exactamente lo contrario del culto fascista al optimismo y al
heroísmo. El régimen toleraba este palmario aunque socialmente imperceptible
disenso porque no prestaba atención a jerga tan arcana.
Lo cual no
significa que el Fascismo italiano fuera tolerante. Gramsci fue encarcelado y
murió en prisión. A Matteotti y a los hermanos Rosselli los asesinaron, la
prensa libre fue suprimida, los sindicatos desmantelados, a los disidentes
políticos se los confinó en islas remotas, el poder legislativo se convirtió en
una mera ficción e el ejecutivo (que controlaba al judicial, así como a los mass media) promulgaba directamente las
nuevas leyes, entre las cuales estuvieron también las de defensa de la raza (el
apoyo formal italiano al Holocausto). La incoherente imagen que acabo de
describir no era fruto de la tolerancia, sino un ejemplo de desquiciamiento
político e ideológico. Pero era un ejemplo de desquiciamiento ordenado, una confusión estructurada. El Fascismo
estaba filosóficamente desquiciado pero desde el punto de vista político sus
goznes se hallaban firmemente anclados en algunos arquetipos.
Hemos llegado
ahora al segundo punto de mi tesis. Hubo un solo Nazismo, y no podemos llamar
Nazismo al Falangismo hipercatólico de Franco, pues el Nazismo es
fundamentalmente pagano, politeísta y anticristiano, o no es Nazismo. En
cambio, es posible jugar al Fascismo de muchos modos sin que cambie el nombre
del juego. Con la noción de Fascismo ocurre lo que, según Wittgestein, ocurre
con la noción de juego. Un juego
puede ser o no ser competitivo, pueden jugarlo una o más personas, puede
requerir cierta especial habilidad o ninguna, puede tener o no premios en
metálico. Los juegos son una serie de actividades diversas que muestran sólo
cierto parecido de familia.
1 abc
2 bcd
3 cde
4def
Supongamos que
exista una serie de grupos políticos. El grupo Uno se caracteriza por los
aspectos abc, el grupo Dos por los bcd, y así sucesivamente. Dos se parece
a Uno en que tienen dos aspectos en común. Tres se parece a Dos y Cuatro se
parece a Tres por la misma razón. Obsérvese que Tres se parece asimismo a Uno
(tienen en común el aspecto c). El
caso más curioso lo constituye Cuatro, obviamente parecido a Tres y a Dos, pero
sin ninguna característica común con Uno. Y sin embargo, a causa de la
ininterrumpida serie de similaridades decrecientes entre Uno y Cuatro, perdura,
por una especie de transitividad ilusoria, un aire de familia entre Cuatro y
Uno.
El Fascismo se ha
convertido en un término que se adapta a todo porque de un régimen fascista es
posible eliminar uno o más aspectos sin que deje de ser reconocible como
fascista. Quítenle al Fascismo el imperialismo y tendrán Franco y Salazar;
quítenle el colonialismo y tendrán el Fascismo balcánico. Añádanle al Fascismo
italiano un anticapitalismo radical (que nunca fascinó a Mussolini) y tendrán a
Ezra Pound. Añádanle el culto a la mitología céltica y el misticismo del Grial
(totalmente ajenos al Fascismo oficial) y tendrán a uno de los más respetados
gurús fascistas, Julius Evola.
A despecho de
esta confusión, creo que es posible indicar una lista de características
típicas de lo que me gustaría llamar Urfascismo, o Fascismo Eterno. Dichas
características no pueden ser ordenadas en un sistema; muchas se contradicen
entre sí y son típicas de otras formas de despotismo o de fanatismo. Pero basta
con que una de ellas esté presente para que cuaje una nebulosa fascista.
Uno. La primera característica de un Urfascismo es el culto a la tradición. El
tradicionalismo es más viejo que el fascismo. No sólo fue típico del
pensamiento contrarrevolucionario católico posterior a la Revolución Francesa
sino que nació en la tardía época helenística, como reacción contra el
racionalismo clásico griego.
En la cuenca del
Mediterráneo, los pueblos de religiones diversas (aceptadas todas con
indulgencia por el Panteón romano) empezaron a soñar con una revelación
recibida en el alba de la historia humana. Esta revelación había permanecido
largo tiempo oculta bajo el velo de lenguas ya olvidadas. Estaba confiada a los
jeroglíficos egipcios, a las runas de los celtas, a los textos sagrados, aún
desconocidos, de las religiones asiáticas.
Esta nueva
cultura debía ser sincrética.
Sincretismo no es sólo, como indican los diccionarios, la combinación de
diversas creencias y prácticas. Tal combinación debe tolerar las contradicciones. Todos los mensajes originarios
contienen un germen de sabiduría y cuando semejan decir cosas distintas o
incompatibles es sólo porque todos aluden, alegóricamente, a alguna verdad
primitiva.
Como
consecuencia, no puede haber avance del
saber. La verdad ha sido ya anunciada de una vez para siempre y sólo
podemos continuar interpretando su oscuro mensaje. Basta mirar el sílabo de
cualquier movimiento fascista para hallar a los principales pensadores
tradicionalistas. La gnosis nazi se nutría de elementos tradicionalistas,
sincréticos, ocultos. La más importante fuente teorética de la nueva derecha
italiana, Julius Evola, mezclaba el grial con los Protocolos de los Sabios de
Sión, la alquimia con el Sacro Imperio Romano Germánico. El propio hecho de que
para demostrar su apertura mental una parte de la derecha italiana haya
ampliado recientemente su sílabo metiendo en la misma bola a De Maistre, Guenon
y Gramsci es una prueba palmaria de sincretismo.
Si ustedes
curiosean en los estantes que en las librerías americanas llevan la indicación
“New Age” se encontrarán incluso con San Agustín, el cual, por lo que yo sé, no
era fascista. Pero el mismo hecho de juntar a San Agustín con Stonehenge es un síntoma de Urfascismo.
Dos. El tradicionalismo implica el rechazo del Modernismo. Tanto los Fascistas como los Nazis
adoraban la tecnología, mientras que los pensadores tradicionalistas suelen
rechazarla como negación de los valores espirituales tradicionales. No
obstante, aunque el Nazismo estuviera orgullosos de sus éxitos industriales, su
alabanza de la modernidad era sólo el aspecto superficial de una ideología
basada en la Sangre y la Tierra (Blut und Boden). El rechazo del mundo moderno
se camuflaba como condena del modo de vida capitalista, pero abarcaba igualmente
la repulsa del Espíritu de 1789 (o de 1776, obviamente). La Ilustración, la
Edad de la Razón, se ven como el inicio de la depravación moderna. En esto el
Urfascismo puede ser definido como irracionalismo.
Tres. El irracionalismo depende también del culto a la acción por la acción. La
acción es bella en sí, y por ende debe ser llevada a cabo antes de cualquier
reflexión, y sin esta. Pensar es una forma de castración. Por ello la cultura es sospechosa, en la medida
en que se identifica con actitudes críticas. De la declaración atribuida a
Goebbels (“cuando oigo la palabra cultura, saco la pistola”) al uso frecuente
de expresiones como cerdos intelectuales,
cabezas de huevo, snobs radicales, las universidades son un nido de comunistas,
la sospecha hacia el mundo intelectual siempre ha sido un síntoma de
Urfascismo. Los intelectuales oficiales fascistas se dedicaban principalmente a
acusar a la cultura moderna y a la intelligentsia liberal de haber abandonado
los valores tradicionales.
Cuatro. Ninguna forma de sincretismo puede aceptar la
crítica. El espíritu crítico opera distinciones y distinguir es señal de
modernidad. En la cultura moderna, la comunidad científica entiende el
desacuerdo como instrumento de avance de los conocimientos. Para el Urfascismo,
el desacuerdo es traición.
Cinco. El desacuerdo es además una señal de
diversidad. El Urfascismo crece y busca el consenso explotando y exacerbando el
natural miedo a la diferencia. El
primer llamamiento de un movimiento fascista o prematuramente fascista es
contra los intrusos. El Urfascismo es, pues, racista por definición.
Seis. El Urfascismo brota de la frustración
individual o social. Lo cual explica que una de las características típicas del
fascismo haya sido el llamamiento a las
clases medias frustradas, incómodas por alguna crisis económica o
humillación política y espantadas por la presión de los grupos sociales
subalternos. En nuestro tiempo en que los viejos “proletarios” se están
convirtiendo en pequeña burguesía (y los lumpen se autoexcluyen de la escena
política), el fascismo encontrará en esa nueva mayoría su auditorio.
Siete. A quienes carecen de toda identidad social, el
Urfascismo les dice que su único privilegio es el más común de todos, haber
nacido en el mismo país. Este es el origen del nacionalismo. Además, los únicos que pueden proporcionar una
identidad a la nación son los enemigos. Y así, en la raíz de la psicología
Urfascista está la obsesión de la conspiración, de ser posible internacional.
Los partidarios deben sentirse sitiados. La forma más sencilla de hacer emerger
una conspiración consiste en apelar a la xenofobia.
Pero la conspiración debe venir también de adentro: los judíos suelen ser el
mejor objetivo, ya que presentan la ventaja de estar al mismo tiempo dentro y
fuera. En los Estados Unidos, el último ejemplo de la obsesión de la
conspiración está representado por el libro The
New World Order de Pat Robertson.
Ocho. Los partidarios deben sentirse humillados por
la ostensible riqueza y la fuerza de sus enemigos. Cuando era niño me enseñaban
que los ingleses eran “el pueblo de las cinco comidas”: comían más a menudo que
el pobre y sobrio italiano. Los judíos son ricos y se ayudan entre sí gracias a
una red secreta de asistencia mutua. Los partidarios deben sin embargo estar
convencidos de que pueden derrotar a sus enemigos. Y así, gracias a un contínuo
desplazamiento de registro retórico, los
enemigos son al mismo tiempo demasiado fuertes y demasiado débiles. Los
fascistas están condenados a perder sus guerras porque son constitucionalmente
incapaces de valorar objetivamente la fuerza del enemigo.
Nueve. Para el Urfascismo no existe lucha por la vida,
sino más bien vida para la lucha. El
pacifismo es, pues, colusión con el enemigo; el pacifismo es malo porque la
vida es una guerra permanente. Esto, empero, entraña un complejo de
Armageddón: desde el momento en que los enemigos pueden y deben ser derrotados,
deberá haber una batalla final tras la cual el movimiento controlará al mundo.
Tal solución final implica una
posterior era de paz, una Edad de Oro que contradice el principio de la guerra
permanente. Ningún líder fascista ha conseguido nunca resolver esta
contradicción.
Diez. El elitismo es un aspecto típico de toda
ideología reaccionaria, por cuanto fundamentalmente aristocrático. En el curso
de la historia, todos los elitismos aristocráticos o militaristas han implicado
el desprecio por los débiles. El
Urfascismo no puede por menos de predicar un elitismo popular. Todo ciudadano
pertenece al mejor pueblo del mundo, los miembros del partido son los mejores
ciudadanos, todo ciudadano puede (o debería) llegar a ser miembro del partido.
Pero no puede haber patricios sin plebeyos. El líder, que sabe perfectamente
que su poder no le viene por delegación, sino que ha sido conquistado por la
fuerza, sabe también que su fuerza se basa en la debilidad de las masas, tan
débiles que necesitan y merecen un Dominador. Desde el momento en que el grupo
está organizado jerárquicamente (según un modelo militar), todo líder
subordinado desprecia a sus subalternos, y cada uno de estos desprecia a sus
inferiores. Todo ello refuerza el sentido del elitismo de masas.
Once. Con esta perspectiva, a cada cual se lo educa para ser un Héroe. En todas las mitologías
el Héroe es un ser excepcional, pero en la ideología Urfascista el heroísmo es
la norma. Este culto al heroísmo está estrechamente ligado al culto de la
muerte: no en vano el lema de los Falangistas era Viva la Muerte. A las
personas normales se les dice que la muerte es desagradable pero que hay que
afrontarla con dignidad; a los creyentes se les dice que es un modo doloroso de
alcanzar una felicidad sobrenatural. El héroe urfascista, en cambio, aspira a
la muerte, anunciada como la mejor recompensa de una vida heroica. En su
impaciencia, agreguemos, resulta más frecuente que lleve a los demás a morir.
Doce. Dado que tanto la guerra permanente como el
heroísmo son juegos difíciles de jugar, el Urfascista transfiere su voluntad de
poder a cuestiones sexuales. Este es el origen del machismo (que implica desdén a las mujeres y una condena
intolerante de los hábitos sexuales no conformistas, desde la castidad a la
homosexualidad). Y dado que también el sexo es un juego difícil de jugar, el
héroe urfascista juega con las armas, que son su Ersatz fálico: sus juegos de
guerra se deben a una permanente Invidia
Penis.
Trece. El Urfascismo se basa en un populismo cualitativo. En una democracia
los individuos gozan de derechos individuales, pero el conjunto de los
ciudadanos sólo está dotado de un impacto político desde el punto de vista
cuantitativo (se siguen las decisiones de la mayoría). Para el Urfascismo los
individuos en cuanto tales carecen de derechos y el pueblo está concebido como
una cualidad, un ente monolítico que expresa la Voluntad Común. Dado que
ninguna cantidad de seres humanos puede poseer una voluntad común, el Líder
pretende ser su intérprete. Habiendo perdido su poder de delegación, los
ciudadanos no actúan, sólo son llamados, pars
pro toto, a representar el papel del Pueblo. El Pueblo es, así, sólo una
ficción teatral. Para tener un buen ejemplo de populismo cualitativo ya no
necesitamos la Piazza Venezia o el Estadio de Nuremberg. En nuestro futuro se
perfila un populismo cualitativo Vos o
Internet, en el cual la respuesta emotiva de un grupo seleccionado de
ciudadanos puede ser presentada o aceptada como la Voz del Pueblo. En razón de
su populismo cualitativo, el Urfascismo debe
oponerse a los “podridos” gobiernos parlamentarios. Una de las primeras
frases pronunciada por Mussolini en el parlamento italiano fue: “Hubiera podido
transformar esta sala sorda y gris en un vivac para mis escuadrones”. En realidad
encontró de inmediato un alojamiento mejor para sus soldados, pero poco después
liquidó el Parlamento. Siempre que un político siembra dudas sobre la
legitimidad del Parlamento porque ya no representa la Voz del Pueblo, podemos
sentir el olor a Urfascismo.
Catorce. El Urfascismo habla la Neolengua. La Neolengua fue inventada por Orwell en su
novela 1984 como lengua oficial del
INGSOC, el Socialismo Inglés, pero elementos de Urfascismo son comunes a formas
distintas de dictadura. Todos los textos escolares nazis o fascistas estaban
basados en un léxico pobre y una sintaxis elemental con el fin de limitar los
instrumentos para un razonamiento complejo y crítico. Pero hemos de estar
preparados para identificar otras formas de Neolengua, incluso cuando adoptan
la “inocente” forma de un talk-show de televisión.
Tras haber
indicado los posibles arquetipos del Urfascismo permítaseme llegar a una
conclusión. La mañana del 27 de Julio de 1943 me dijeron que, según las
informaciones leídas por radio, el Fascismo se había derrumbado y habían
detenido a Mussolini. Mi madre me mandó a comprar el periódico. Fui al kiosco
más cercano y vi qué periódicos había, pero los nombres eran distintos. Además,
tras una breve ojeada a los titulares, me di cuenta de que cada periódico decía
cosas diferentes. Compré uno al azar y leí un mensaje impreso en primera plana,
firmado por cinco o seis partidos políticos, como Democracia Cristiana, Partido
Comunista, Partido de Acción, Partido Socialista, Partido Liberal. Hasta ese
momento yo había creído que en todos los países había un solo partido, y que en
Italia este era el Partido Nacional Fascista. Estaba descubriendo que en mi
país podían existir distintos partidos al mismo tiempo. Y no sólo eso: dado que
era un chico avispado, me di cuenta enseguida de que era imposible que tantos
partidos hubieran nacido de la noche a la mañana. Comprendí así que existían
antes como organizaciones clandestinas.
El mensaje
celebraba el final de la dictadura y el retorno de la libertad: libertad de expresión,
de imprenta y de asociación política. Era la primera vez en mi vida que leía
estas palabras, libertad, dictadura, -¡Dios mío!-. Y en virtud de estas nuevas
palabras había renacido como hombre occidental y libre.
Hemos de procurar
que el sentido de estas palabras nunca se olvide. El Urfascismo está aún a
nuestro alrededor, a veces vestido de paisano. Resultaría muy cómodo, para
nosotros, que alguien apareciese en la escena del mundo y dijese: “Quiero
volver a abrir Auschwitz, quiero que los camisas negras desfilen de nuevo en
las plazas italianas”. La vida no es tan simple, ¡ay! El Urfascismo puede aún
regresar bajo los disfraces más inocentes; nuestro deber es desenmascararlo y
apuntar con el índice a cada una de sus nuevas formas –todos los días, en
cualquier parte del mundo. Doy de nuevo la palabra a Roosevelt: “Me atrevo a
decir que si la democracia en Estados Unidos cesase de avanzar como una fuerza
viva, tratando día y noche, por medios pacíficos, de mejorar las condiciones de
nuestros ciudadanos, la fuerza del Fascismo crecerá en nuestro país” (4 de
Noviembre de 1938). Libertad y Liberación son una tarea que no acaba nunca. Sea
este nuestro lema: No Olvidemos. Permítaseme terminar con una poesía de Franco
Fortini:
En el pretil del
puente,
Cabezas de
ahorcados,
En el agua de la
fuente,
Las babas de los
ahorcados.
En las losas del
mercado,
Uñas de
fusilados,
Entre el heno del
prado,
Dientes de
fusilados.
Morder el aire,
morder las piedras,
Nuestra carne no
es ya de hombres,
Morder el aire,
morder las piedras,
Nuestro corazón
no es ya de hombres.
Mas lo hemos
leído en los ojos de los muertos
Y a la tierra
traeremos libertad.
Mas los puños de
los muertos la aferraron
Y la justicia
llegará.